Equilibrios sobre la piscina: ‘El gran baño’


Pedro Cascos

Con veinte años en las pantallas, Gilles Lellouch es un actor de largo recorrido, aun sin haber entrado en el olimpo del reciente cine francés. Detrás de la cámara, sin embargo, sus apariciones han sido esporádicas y hasta 2004, en que codirigió Narco, se habían limitado al cortometraje. Con El gran baño se ha liado la manta a la cabeza y se ha aventurado a realizar su primer largometraje en solitario.

Nos encontramos ante el retrato de un grupo de hombres que se acercan o han superado los cuarenta, e incluso los cincuenta, y cuyas circunstancias personales los llevan a inscribirse en un equipo masculino de natación sincronizada. La premisa, que puede llevar a la sonrisa sólo con pensar en ella, recuerda como se ha anunciado a la comedia inglesa Full Monty, al escarbar en los dramas de una serie de hombres que, cuando en lo laboral, lo familiar, lo personal, o todo ello a la vez, no tienen más que decepciones, encuentran cierta salvación en el reto colectivo de superación personal.

Aunque la película empieza con un interesante ejercicio visual sobre las formas geométricas y la aparentemente imposible cuadratura del círculo, después pierde fuelle al acercarse a los personajes con el tema Everybody wants to rule the world, de Tears for Fears. Sí, han pasado más de 25 años, pero cualquiera que haya visto el clásico moderno Los amigos de Peter no puede pasar por alto ese pequeño detalle —la misma canción de inicio—, que si se aspira a llegar lejos ya emborrona el resultado final.

Esa de cal junto a otra de arena ya anticipa lo que será El gran baño: una película con momentos brillantes, a veces divertidos, otras crudos, pero que de pronto cae en el gag fácil o la (auto-)parodia sin gracia, sobre todo cuando entra en escena la desaprovechada Leïla Bekhti.

Pero no olvidemos que Lellouch es más actor que guionista o director, y cuando la historia flojea o el pulso narrativo decae, salen al rescate las enormes figuras de los intérpretes de los que se ha rodeado. En eso ha tenido ojo clínico: Mathieu Amalric, como rol principal, secundado con eficacia por Guillaume Canet, Benoît Poelvoorde y Jean-Hugues Anglade —como estiletes de ese grupo de perdedores, y Virginie Efira como entrenadora alcohólica y tan desorientada como ellos encabezan un elenco de altos vuelos.

Así, la película mantiene el interés del espectador, gracias a lo singular de algunas propuestas y al consistente andamiaje de las interpretaciones, para desembocar en un final inverosímil, pero que dadas las circunstancias quizá no podía ser otro. En definitiva, se deja ver, nos dibuja una sonrisa y hace que nos cuestionemos cosas por momentos, pero no es ese divertido filme francés que recordaremos durante años.

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Destroyer


Lo que nos hace más intensos y lo que nos une con más pasión es lo que nos puede hacer más débiles y llevarnos al límite de la existencia. Lo que nos hace sentir el impulso de hacer es lo que nos puede conducir a la irracionalidad del presente mal gestionado. Lo que nos explica como persona individual y única es lo que debemos entender para ver dónde están los límites del camino, las zancadillas que si no sorteamos nos hunden. Lo que nos destruye es la adicción a un mundo de posibilidades que parecen infinitas pero que en realidad solo tenemos al alcance algunas. Destroyer es una visita guiada por Nicole Kidman a las aguas movedizas de la importancia de la maternidad, la necesidad y la ambición de la aprobación y la destrucción progresiva de un futuro mal gestionado. Destroyer no es una historia fácil de contar porque a nadie le gusta ver que hay situaciones en las que no hay redención posible. Porque lo trascendente de tener la consciencia del bien y del mal solo nos lo puede dar una guía verdadera desde el inicio de nuestros pasos.

Ha nacido una estrella


Solo hay un camino para el artista que piensa, desea, necesita y vive pensando en lo que nos quiere decir y contar. El camino del amor, del compromiso, del llanto, de la risa, de las emociones, del sentir, del tocar, del vibrar, del componer, de la soledad, de la depresión más caótica y de la euforia más desmesurada. El camino en línea recta que lleva a los límites de la vida y la muerte porque no hay termino medio, no existen contradicciones, solo puede haber el camino propio porque es el que sale del arma atormentada. Ha nacido una estrella es el valiente ejercicio de Bradley Cooper y Lady Gaga para mostrarnos dos historias de dos carreras musicales que transitan al borde del abismo, y quizás sin que lo sepamos, un compromiso aceptado de metáfora de sus propias carreras y experiencias. O quizás no. Aunque la intensidad de ese escenario compartido entre los dos y esos primeros planos, esa luz, esa guitarra, esas miradas, esa tensión liberada, esas lágrimas que corren a través de unas mejillas que se desatan, es una química que solo tiene un calificativo: Hermoso.

Ha nacido una estrella merece el reconocimiento de los premios y mikasweb apuesta por ella.

El mito del héroe: ‘Bohemian Rhapsody’


Pedro Cascos

El 24 de noviembre de 1991, Freddie Mercury fallecía víctima del sida. Casi tres décadas después, Bryan Singer y Dexter Fletcher —este sin acreditar por normativa del Sindicato de Directores estadounidense— han revisitado los 15 años seguramente más intensos del músico nacido en Zanzíbar: desde que conoció a los otros componentes de Queen hasta que actuaron en el mítico concierto Live Aid en 1985.

Del paki que cargaba maletas en el aeropuerto de Heathrow al cantante que deslumbró en Wembley, los guionistas Anthony McCarten y Peter Morgan nos cuentan el ascenso de una de las figuras más icónicas del pop del siglo XX: el líder de uno de los cuartetos que, junto a los Beatles y los Rolling, más huella han dejado en la música de las últimas décadas.

La historia se desenvuelve con la precisión y el buen ritmo del artista que conoce su oficio. Así, desde el Bohemian Rhapsody con que consiguieron su primer número uno en el Reino Unido, y que da título a la cinta, hasta The show must go on, que la cierra, asistimos a la construcción del mito de Mercury y de Queen a través de sus temas más famosos, según algunos, inmortales: Somebody to love, Killer Queen, Love of my life, We will rock you, Another one bites the dust, I want to break free, Under pressure, Radio Ga Ga We are the champions.

Es curioso que en la banda sonora de la película, editada en CD y digital en octubre pasado, no estén Friends will be friends o You’re my best friend, temas que quizá den la clave de lo que en ella se representa: un canto a la amistad. La amistad de los chicos que un día creyeron que podían armar su propio grupo con el impulso de una de las personalidades más desinhibidas —probablemente más histriónicas— de la historia de la música, y a la vez con el enorme talento y la fuerza de Mercury.  

En torno a la amistad se trenzan hilos no menos consistentes: el amor correspondido, o no, las rupturas y reconciliaciones, la fidelidad y la traición, o la integración del diferente —a nivel personal (Mercury) o colectivo (su familia)—. Todas ellas cuestiones de calado, algunas mejor contadas, otras sobre las que se pasa de puntillas, pero todas incluidas.

Bohemian Rhapsody también pasa la prueba de ofrecer un reparto creíble, teniendo en cuenta que la mayoría de personajes aún están vivos y muchos en la memoria del gran público. Mención especial merecen los contenidos Gwilym Lee, como Brian May, y Lucy Boynton, como Mary Austin, secundando a un desbordado —como no podía ser de otro modo, pese a los momentos de introspección— Rami Malek, como Freddie Mercury. Encarnar al divo no era fácil, y el actor de origen egipcio supera el reto con un físico más endeble, pero con un notable despliegue de energía y un gran trabajo de mimetización, sobre todo en los gestos.

En ese sentido, la larga secuencia final alrededor del Live Aid se construye como un memorable homenaje al cantante, a Queen y a su legado, con los elementos más personales presentes: la reconciliación familiar; los amigos y la pareja como espectadores de excepción… Y por supuesto el propio Mercury —redimido ya su pasado, al menos según la película—, Brian May, Roger Taylor y John Deacon dándolo todo para que los fans vibren y el show continúe.

En 1980, cuando la fiebre por los superhéroes y la calidad de los efectos especiales estaban lejos de las cotas actuales, Queen grabó la banda sonora de la película Flash Gordon. Uno de sus temas principales era The Hero. Casi 40 años después, el grupo británico tiene su propia película y en ella se nos cuenta el mito de otro héroe: Freddie Mercury, un hombre nacido Farrokh Bulsara, e indiscutiblemente hecho a sí mismo.

La mirada de Pawlikowski: ‘Cold War’


Pedro Cascos

Blanco y negro, aire retro, una historia de posguerra: ingredientes aparentemente poco atractivos para acercarse al cine hoy en día. Ni siquiera tiene actores conocidos, ¿dónde están los dinosaurios?, ¿dónde las escenas de acción? Y sin embargo, el nuevo trabajo de Pawel Pawlikowski se erige como una experiencia fílmica desde los primeros fotogramas.

El collage de planos al inicio de la cinta marca una pauta que nos acompañará hasta la secuencia final, y que tiene la marca del buen cine: el que consigue atrapar la atención del espectador y no la suelta hasta el final. Cuando Casablanca se convierte en una referencia fundamental, pero no obvia, y de ahí se tira del hilo para contarnos la historia de un amor imposible, pero cargado de pasión, la expectativa que se genera es alta, y a fe que esta se satisface.

Encarnan ese querer y no poder Joanna Kulig, la arrolladora artista en pos del éxito, y Tomasz Kot, el músico talentoso que aprende a convivir con lo bohemio. Hay en ese sentido un cruce de caminos: el de quien viniendo de abajo llega a lo más alto, y quien desde una situación acomodada se convierte en uno más dentro del ambiente artístico de la gran capital. Son esas escenas compartidas en el París de posguerra lo más colorido de la película, lo más vitalista: el affaire entre Rick e Ilsa después de la separación.

A la pareja protagonista la secundan excelentemente el sobrio Borys Szyc y la rotunda Agata Kulesza, una de las dos protagonistas de la anterior película de Pawlikowski y con la que regresó a su tierra de origen para obtener el reconocimiento internacional.

El director polaco, en efecto, ya deslumbró con Ida, la a primera vista pequeña historia de una joven monja y su tía en busca de un pasado terriblemente marcado por la guerra. Esa delicatessen, de las que se ven pocas, fue reconocida con el Oscar a mejor película de habla no inglesa en 2015.

Con ella y rompiendo con su cine más convencional anterior, el realizador y guionista apuntaría algunos rasgos de estilo que ha mantenido y profundizado en Cold War: la fotografía en blanco y negro; la música como pieza fundamental, e incluso como elemento vertebrador de la historia; un pulso narrativo que maneja los tiempos y las elipisis con maestría, y ciertos planos de una creatividad inusitada, con gusto por dejar aire por encima de los personajes, haciéndolos pequeños y enmarcados en un contexto muy determinado  —como si nos dijera que lo que les ocurre sólo es la consecuencia de las crudas circunstancias que les rodean— y donde ellos a penas son una pequeña muestra, pero qué muestra, bajo la mirada de Pawlikowski.

Campeones


El deporte, sea el que sea, aficionado o de competición, es el mejor ejercicio físico y psíquico para todas las personas y por descontado para todos los inicios de chicos y chicas que pueden descubrir a través de su práctica todas los entresijos de una vida que desborda llena de complicaciones. La mirada de Javier Fesser con sus Campeones es el recordatorio que la clave de todo funcionamiento de un equipo son las cosas sencillas, el empezar desde cero, el no dar por hecho nada, el respetar todos los comportamientos, el amar lo que significa salir al exterior y competir contra un rival.  Y por supuesto la mirada de Javier Fesser es el recordatorio que todas las personas, sean cuáles sean sus cualidades y su capacidad para estar en los sitios, pueden ser bien llevadas hasta conseguir lo máximo en su entorno familiar. No el éxito social o económico, mikasweb apela al éxito de sentir que lo que se está haciendo es algo tan especial y tan profundo que te cambia para siempre, que te impulsa en los nuevos caminos y que te hace llegar a comprometerte hasta el infinito. Javier Gutiérrez Álvarez borda esta imagen del líder entrenador que consigue a través de un complicado viaje interior llegar a entender que los jugadores que tiene delante son la llave de su felicidad.

Yuli


Iciar Bollaín en Yuli nos cuenta una historia de talento. Una palabra con la que etiquetamos muchas veces a muchas personas pero sin tener en cuenta el contenido, los matices, la esencia del sustantivo. Yuli es la historia de un excepcional bailarín desde los inicios hasta la cumbre. Y por eso Yuli es una película esencial, viva, profunda, enraizada en el corazón, llevada con mano magistral. Porque el retrato de un talento está ahí, en el quién lo descubrió, quién lo enfatizó, quién lo cuidó, quién lo defendió, quién lo amó, quién lo consoló, quién lo mimó, quién lo exigió, quién lo llevó al borde del abismo, y en suma quién fue el nombre y apellidos que tuvo este talento, ese niño descubierto en las callejuelas de una Habana llevada al límite de lo imposible. Y es que al final de toda historia de talento existe un bebé que nació en un lugar y en unas coordenadas concretas, que creció descubriendo lo que otros no pueden hacer y que consiguió llegar a la expresión más alta de demostración física y psíquica causando una huella profunda en su entorno social. Mikasweb siempre ha defendido el talento, ahí donde esté, porque es la base del futuro. Y sin embargo, sin darnos cuenta, lo enterramos con prejuicios sin sentido. Yuli nos recuerda el camino